25 de abril de 2009

mala sangre

Lleva horas sentada delante del mismo café, ahora frío, mirando al vacío y llorando para si misma. Ella nunca llora, nunca lo hará. Prefiere guardar la rabia que supuso aguantar el chaparron y verla marchar de nuevo. Volvería en cinco minutos pero ya ni soledad quería saber nada de la situación. Ahogo un chillido de desesperación.

El bar no había cambiado nada desde entonces, la misma decoración, los mismos cuadros colgando de las paredes, alguna foto nueva... pero incluso los camareros eran los mismos. Y todos lo sabían.

Se le fue el día con recuerdos agridulces de los mejores momentos, con charlas absurdas sobre economía y viendo marchitarse el bocadillo "cortesía de la casa". Al poco aparecía la cocinera, se sentó en su mesa y le hablo de su dolor, su pérdida, le contó sobre aquel ardiente amante que todas las jovencitas como ella habían tenido, como lloró cuando tuvo que partir al frente y la dejó atrás, cuando recogió los pedazos del dolor y volvió a su labor. Pero ella no se sentía mejor, solo quería volver a su cama con besos de absenta y olor a pecado, sin embargo ya era tarde, era tarde para todo.

Otro hombre se sentó en su mesa esté no echaba de menos, era incapaz de hacerlo, tenía tanto miedo al dolor que nunca había amado a nadie, un vez tuvo la sensación de que lo estaba haciendo pero ella se "la pegó" con otro, así que que más daba. Hoy se odiaba a si mismo por idiota por perder la oportunidad de sentir lo que no se aprende en los libros.. aunque los había leído todos. Ella empezó a sentirse pesada, sabía lo que estaba pasando era hora de irse, de cambiar de aires.

Una niña, obligada a estar allí para acompañar a sus padres, simplemente se sentó y la miro fijamente, no dijo nada porque tampoco hacía falta solo tenía que quedarse allí mirándola. Ya había empezado, una lágrima cae por su mejilla define perfectamente su rostro, todos saben lo que hay detrás de el y por eso nunca dicen nada. La niña se levantó y se fue corriendo del bar, su padre fue detrás su madre se quedó allí.

Algunos más se acercaron a hablar de su dolor aunque ya era tarde también para ella, ya era de piedra. Dicen que cuando la última gota de esperanza se va solo queda eso, polvo, no hizo falta pedirle que se fuera quizás porque nunca estuvo allí; cuentan que la vio por ahí con otra gente, solitarios como ella, claro.

¿Qué hace cuando ni soledad busca tu compañía? ella... sonreír. Aunque todos conocen su dolor por ello nadie lo comenta.